Artículo de poeta argentina equipara feminismo con racismo

Feminismo

En enero de 1997, apareció en Buenos Aires –en una revista de literatura llamada DERIVA, un artículo del poeta Jorge Perednik, titulado “El feminismo como racismo”. La revista contenía seis textos, en total, ninguno de ellos firmado por una mujer. Tal vez por ese detalle, mi primera reacción fue de estupor. Debo reconocer, sin embargo, que lo leí con avidez, un poco alarmada por la información que contenía.

Habían citado textos de Adrienne Reich, Luce Irigaray, Helene Cixous, Mary Daly o Judith Fetterley que no están traducidos ni circulan en Argentina, ni siquiera entre las mujeres. Su tesis partía de una tortuosa aplicación del mecanismo psicológico conocido como proyección, que explica el ataque al otro como “renegación de alguna cuestión propia que se combate afuera” (al estilo de “Hitler se ensañó contra los judíos porque quería eliminar mediante los demás al judío que el mismo era”) para acabar comparando al feminismo con una forma exacerbada de racismo, parecida al Ku Klux Klan, los Gulags bolcheviques y otras políticas de exterminio.

Aplicado al terreno de la creación literaria, el artículo exhortaba a las mujeres a no dejarse “someter” por “aquellos movimientos que se dicen liberadores y acaban siendo opresores refinados y furiosos”. Casi al mismo tiempo leí “Voces Sexuadas: Genero y Poesía en Hispanoamérica” (Ediciones de la Universidad de Lleida, 1996), de la crítica argentina radicada en Nueva York, Susana Reisz. El libro me llegó como una bocanada de aire, un recordatorio de que es posible, tal vez, pensar la producción de las mujeres, sus luchas, dificultades, incluso sus errores, desde una perspectiva más… solidaria. Voces Sexuadas está escrito, por lo demás, desde el desconcierto, a menudo doloroso (que toda mujer artista o intelectual conoce, creo) de no saber a ciencia cierta qué significa vivir, pensar, actuar, sentir, o crear como una mujer. “Escribí este libro, confirma la autora en el prólogo, como una tentativa de entender y hacer más tolerable la propia historia”.

Este es su punto de partida, el justificativo –si hubiera necesidad de uno– de sus “arbitrariedades” y también el motivo que la lleva a imaginar un palimpsesto textual, dentro del cual celebrar el canto solista y la riqueza coral, rastreando los matices de ese tramado o relación entre cada autora y su heroína. Los “campos minados” de Susana Thenon, la poética del “zafarrancho” y de la transgresión “recia” en la obra de las peruanas Pollarollo y Olle, así como la estilización, el colapso de fronteras entre géneros literarios o los procedimientos ventrílocuos, frecuentes en las poetas argentinas de las últimas dos décadas son vistos así como una “polifonía anárquica”, un conjunto de prácticas contra-discursivas que, revitalizan “una tradición nimbada por el prestigio de lo añejo y, al mismo tiempo, la ‘contaminan’ con voces apócrifas’”. “Tretas”, dice Reisz, para acceder al canon lírico desde los márgenes de la institución literaria y desde posiciones enunciativas subalternas.

Nada más lejos, como se ve, de una identidad femenina concebida como ente monolítico. Nada más lejos de una monotonía de obligada consonancia tonal en la cual pudiera anidar un virus tan letal como el que teme Perednik.Y, sin embargo, la apuesta de un discurso como éste, en el actual contexto latinoamericano, es riesgosa. Las vacilaciones de las propias mujeres que escribimos son, quizá, la prueba más elocuente de la dificultad de los tiempos. No es fácil negociar con un medio literario que carece, muchas veces, de oportunidades y se vuelve, por eso mismo, poco generoso y reacio a alentar las diferencias, incluyendo aquí, en primer lugar, las de género. Tampoco es fácil reivindicar, en el plano estrictamente literario, la especificidad de una mirada “femenina”, sin que ello redunde en un etiquetamiento (o desvalorizacion) de lo producido. La inseguridad, la desconfianza, el miedo a ver convertida la autoafirmación en una nueva forma de discriminación son tan comunes como los elogios que resbalan, como en el caso de Octavio Paz con Blanca Varela –citado por la autora– hacia una voluntad, muchas veces explícita, de distinguir, erradicar, contraponer, y hasta negar a la mujer que esta detrás del texto elogiado.

Artículos como el de la revista Deriva evidencian que incluso los más temerosos posicionamientos de las mujeres pueden causar pavor y, de hecho, a menudo, concitan el ataque, la acusación falsa o, lo que es igual, la invalidación por “esencialistas” o “autoritarios”, sobre todo cuando plantean alguna reivindicación. Muchas veces, como en este caso, la cuestión se agrava porque las acusaciones ostentan un marcado anacronismo. Los debates, quiero decir, no se compadecen con la realidad sobre la que se imprimen sino que responden, con inocultable paranoia, a un cierto estado teórico (y práctico) de la cuestión, vigente en otras sociedades. En este contexto, el libro de Susana Reisz cumple una función política crucial: al concentrarse en la polémica textual para reorientar los modelos críticos patriarcales, vuelve a poner el acento en el poema –que siempre es una grieta en el discurso edificante o lapidario del dogmatismo– y propone fundar allí un territorio urgente, el espacio posible de un encuentro.

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