Reflexiones sobre el combate antiporno de algunas feministas

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    Fuente: amcnetworks

    Antes que se exhibiera en México la película «Larry Flynt, el nombre del escándalo», llegó la noticia que algunas feministas estadounidenses habían organizado un boicot contra ella. La curiosidad ante lo que despertaba la indignación de un grupo de luchadoras sociales aumentó el simple interés por ver una nueva realización de Milos Forman, autor de películas tan críticas y vigorosas como «Atrapados sin salida».

    Basada en la vida real, la película arranca mostrándonos un niño sumergido en la pobreza, quien años después –como tanta otra gente en Estados Unidos y el resto del mundo– no quiere otra cosa que hacer dinero. Establece, pues, un negocio. Se trata de un centro nocturno de quinta categoría, en el que algunas jóvenes se ganan la vida como stripteasers y sexoservidoras. El relativo éxito de la empresa inspira al protagonista la idea de sacarle más jugo vendiendo fotografías de las chicas. Así se inicia lo que habría de ser una próspera cadena de revistas pornográficas, pero también una historia de destrucción del propio Flynt y de la mujer –que es su modelo y amante– por parte de la misma sociedad que consume las publicaciones.

    En el centro del conflicto, un abogado en favor de los derechos civiles, defiende al agredido pornógrafo a pesar del disgusto que le producen sus revistas. Para decirlo claramente, no defiende, ni mucho menos ensalza, la labor de Flynt, sino su derecho a la libertad de expresión, y de paso también el derecho de mirar ese tipo de fotografías para quien desee mirarlas. La crítica fundamental de las feministas radica en que no se debe permitir que el héroe de una película sea un tipo que se enriquece gracias a la exposición de los cuerpos desnudos de las mujeres. Frente a esta argumentación hay varios aspectos que considerar.Primero, la película muestra al pornógrafo como un tipo que da lástima. El verdadero héroe es el abogado, quien –en esto la película es “clásicamente gringa”– logra un triunfo más de los derechos civiles en “el país de la libertad”. No sólo las jóvenes que trabajan en la empresa de Flynt, sino otras miles, se ganan el pan de cada día con la prostitución en sus diversas formas. Puede no gustarnos, puede parecernos un hecho derivado del sexismo y la miseria sexual, pero es real y no va a desaparecer por su mero silenciamiento. Por otra parte, las mujeres que aparecen en la película no son denigradas, al menos de manera directa. Nadie las obliga ni las maltrata. Nadie, excepto las fuerzas conservadoras que atacan su fuente de trabajo y que en algún momento balacean a Larry Flynt, dejándolo paralítico.

    La devastación en la que cae la coprotagonista es producto precisamente de la violencia con que la pornografía es atacada. Al ver a su amante inválido en peligro y el negocio que han levantado juntos, ella se somete a la droga y enferma de SIDA. Esto no significa que si el puritanismo no se hubiera interpuesto, su vida habría sido a todo dar. Pero habría sido una vida.No es un caso raro. Las mujeres hemos enfrentado incontables prohibiciones por parte de las buenas conciencias que, aparte de negarnos la libertad, en ocasiones atentan contra la existencia misma. Es el caso del aborto, por poner un ejemplo. Las feministas que se pronuncian por la censura de la pornografía actúan peligrosamente cerca de estas buenas conciencias aglutinadas en el ala derecha de nuestras sociedades. Puede que las ideas que hay detrás sean distintas: unas creen defender la dignidad de la mujer y otros desean imponer la decencia, pero en la práctica, ambos adjudican el derecho a decidir por toda la ciudadanía. Se comportan como tiranos.

    Larry Flynt, las muchachas que trabajan en la pornografía, los consumidores de pornografía, Milos Forman y los espectadores de la película Larry Flynt, el nombre del escándalo, todos, tenemos nuestro propio derecho de elegir qué deseamos hacer público y qué deseamos mirar ¿no es la defensa de esta libertad una premisa de la democracia? La cuestión, sin embargo, no es tan sencilla. ¿Toda expresión es permisible, incluyendo la que implica violencia sexista? En México hay una ley que prohibe la denigración pública de la imagen de la mujer. Sin embargo, en la televisión, la radio, los muros de la ciudad, pululan mensajes que, interpretados con riguroso feminismo, implican cierto grado de dicha violencia.

    Resulta evidente que la censura no ofrece solución ni a la injusticia, ni a la violencia. Al contrario, ella misma puede ser con gran facilidad violenta e injusta. La única salida parece estar en el diálogo, en el debate. Si alguna expresión pública nos disgusta, tenemos el derecho de argumentar por qué tal anuncio, libro o película nos parece una porquería. Podemos enviar cartas a los periódicos, repartir volantes, telefonear a la radio, plantarnos en una plaza con un magnavoz, o decirle a cada persona que va a entrar al cine lo que pensamos de la película que se ha dispuesto a ver. Si un grupo de mujeres logra desaparecer una película de la cartelera ¿no puede Pro Vida hacer lo mismo en relación a los mensajes de prevención del SIDA? Milos Forman nos llama a reflexionar.

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