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Puesta en práctica de nueva ley contra violencia sexual constituye importante desafío para el movimiento de mujeres.

Aborto República Dominicana
Fuente: acento.com.do

Este año empezó con un resonante triunfo para las dominicanas. Coronando décadas de esfuerzos, se logró la aprobación, por parte de las Cámaras Legislativas de modificaciones al Código Penal que introducen una moderna tipificación de la violencia, amplía la gama de agresiones a considerar y aumenta significativamente las penas por crímenes y delitos que afectan de modo central a la población femenina. La violencia sexual, por primera vez, es estipulada como un asunto público y privado.

LOS CONTENIDOS

“Constituye violencia contra la mujer toda acción o conducta, pública o privada, en razón de género, que causa daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, mediante el empleo de fuerza física o violencia sicológica, verbal, intimidación o persecución”, reza el artículo. Dentro de los considerandos  de la nueva ley se establece que “la mujer dominicana es objeto de violencia, que corresponde a los poderes públicos sancionar, toda vez que la violencia contra la mujer y la violencia intrafamiliar son problemas socioculturales que atentan contra los derechos humanos y ponen en peligro el desarrollo de la sociedad”. La agresión sexual, precedida o acompañada de actos de tortura o barbarie, se castiga con penas de diez a veinte años de reclusión, pudiendo llegar hasta treinta años si existen circunstancias agravantes (cuando las víctimas son infantes o personas discapacitadas o embarazadas, cuando el crimen es cometido por ascendientes, entre otras situaciones).

Se han eliminado arcaísmos, como el artículo de la ley anterior que calificaba el adulterio como atenuante del asesinato de la mujer por parte del marido. Asimismo, se ha tipificado la violencia sexual de un modo que abarca el incesto (no contemplado anteriormente), la violación dentro del matrimonio, amenazas, persecuciones, chantajes y acoso.Incluye, además, un recurso a utilizar por las mujeres violentadas o amenazadas: la orden de protección, a ser impartida por un juez que prohibe al agresor (o posible) acercarse más allá de un perímetro de 300 metros.

LO INTOCADO: EL ABORTO

El Código Penal fija penas de hasta 20 años de reclusión para personas involucradas en aborto. Esta parte se ha dejado inalterada en la nueva ley que toca la violencia contra la mujer, a pesar de ser el aborto la segunda causa de muerte de mujeres en República Dominicana.Lourdes Contreras, miembra de la Comisión Asesora del Senado y del Equipo de Participación Política de la Coordinadora de ONG del Area de la Mujer, expresa que fue esa la parte sacrificada en aras de obtener el consenso necesario para las modificaciones introducidas. Las representantes de los distintos partidos políticos, aunadas en el proceso de cambio en las leyes, eludieron este aspecto que las confrontaría con sus partidos y, particularmente, con la iglesia católica.

“Se mantiene una penalización contra el aborto insólita dentro de la legislación latinoamericana. No se hacen excepciones ni en los casos de interrupciones del embarazo por razones terapéuticas, ni en situaciones de violación”, recalca Contreras, llamando la atención sobre este mecanismo de negación social ante un problema de gravedad.La prensa de esta semana reseña la violación de un padres a dos hijas menores, una de las cuales se haya embarazada ¿quién da respuesta a este drama y a los tantos de maternidad forzada?, se pregunta la feminista.

EL PROCESO

“El hecho de que mujeres de una variedad tan amplia de ideas se pusieran de acuerdo para confrontar la ideología patriarcal presente en los legisladores, hizo posible que éstos entendieran que los intereses comunes de las mujeres no pueden ser marginados. Por otro lado, en el debate entre las mujeres se evidenció cuán necesario es enfrentarnos a nuestra realidad para producir reflexiones que podamos transferir a los espacios políticos”, explica Contreras.

Tras ese paso están: eventos de análisis por parte de las organizaciones, especialmente de la Coordinadora de ONGs de Mujeres y de la Dirección General de Promoción de la Mujer, cientos de acciones educativas y de sensibilización llevadas a cabo en todos los ámbitos y lugares, la formulación de variados proyectos de modificación, la iniciativa de la única y carismática senadora (Milagros Ortiz Bosch) para formar la Comisión Asesora del Senado.Y a seguidas, las reuniones, debates y acuerdos de las mujeres de los distintos partidos con representación congresional y de las representantes de las organizaciones de mujeres; el lobby, las estrategias de comunicación, etc…. un sostenido esfuerzo de consenso entre las mujeres y, al final, una muestra de la seriedad que toman sus demandas cuando se ponen de acuerdo en sus intereses comunes.

LA OTRA GRAN MARCHA

La cuestión en este momento es lograr la aplicación de la ley. La corresponsal de fempress interroga a Contreras al respecto. Las tareas de educación, difusión, sensibilización son infinitas.”Sensibilizar, educar a los abogados para que sean capaces de defender a las agredidas. A los sistemas de administración de la justicia, desde la Policía Nacional hasta los jueces a las mujeres para que conozcan los alcances, posibilidades y procedimientos de la ley, a los hombres para que sepan a lo que se exponen”, anota la feminista. Ambas reímos, sabiendo que este camino no es tan sólo largo, sino impredecible, arduo, con rutas de círculos y espirales.

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    Feminismo

    En enero de 1997, apareció en Buenos Aires –en una revista de literatura llamada DERIVA, un artículo del poeta Jorge Perednik, titulado “El feminismo como racismo”. La revista contenía seis textos, en total, ninguno de ellos firmado por una mujer. Tal vez por ese detalle, mi primera reacción fue de estupor. Debo reconocer, sin embargo, que lo leí con avidez, un poco alarmada por la información que contenía.

    Habían citado textos de Adrienne Reich, Luce Irigaray, Helene Cixous, Mary Daly o Judith Fetterley que no están traducidos ni circulan en Argentina, ni siquiera entre las mujeres. Su tesis partía de una tortuosa aplicación del mecanismo psicológico conocido como proyección, que explica el ataque al otro como “renegación de alguna cuestión propia que se combate afuera” (al estilo de “Hitler se ensañó contra los judíos porque quería eliminar mediante los demás al judío que el mismo era”) para acabar comparando al feminismo con una forma exacerbada de racismo, parecida al Ku Klux Klan, los Gulags bolcheviques y otras políticas de exterminio.

    Aplicado al terreno de la creación literaria, el artículo exhortaba a las mujeres a no dejarse “someter” por “aquellos movimientos que se dicen liberadores y acaban siendo opresores refinados y furiosos”. Casi al mismo tiempo leí “Voces Sexuadas: Genero y Poesía en Hispanoamérica” (Ediciones de la Universidad de Lleida, 1996), de la crítica argentina radicada en Nueva York, Susana Reisz. El libro me llegó como una bocanada de aire, un recordatorio de que es posible, tal vez, pensar la producción de las mujeres, sus luchas, dificultades, incluso sus errores, desde una perspectiva más… solidaria. Voces Sexuadas está escrito, por lo demás, desde el desconcierto, a menudo doloroso (que toda mujer artista o intelectual conoce, creo) de no saber a ciencia cierta qué significa vivir, pensar, actuar, sentir, o crear como una mujer. “Escribí este libro, confirma la autora en el prólogo, como una tentativa de entender y hacer más tolerable la propia historia”.

    Este es su punto de partida, el justificativo –si hubiera necesidad de uno– de sus “arbitrariedades” y también el motivo que la lleva a imaginar un palimpsesto textual, dentro del cual celebrar el canto solista y la riqueza coral, rastreando los matices de ese tramado o relación entre cada autora y su heroína. Los “campos minados” de Susana Thenon, la poética del “zafarrancho” y de la transgresión “recia” en la obra de las peruanas Pollarollo y Olle, así como la estilización, el colapso de fronteras entre géneros literarios o los procedimientos ventrílocuos, frecuentes en las poetas argentinas de las últimas dos décadas son vistos así como una “polifonía anárquica”, un conjunto de prácticas contra-discursivas que, revitalizan “una tradición nimbada por el prestigio de lo añejo y, al mismo tiempo, la ‘contaminan’ con voces apócrifas’”. “Tretas”, dice Reisz, para acceder al canon lírico desde los márgenes de la institución literaria y desde posiciones enunciativas subalternas.

    Nada más lejos, como se ve, de una identidad femenina concebida como ente monolítico. Nada más lejos de una monotonía de obligada consonancia tonal en la cual pudiera anidar un virus tan letal como el que teme Perednik.Y, sin embargo, la apuesta de un discurso como éste, en el actual contexto latinoamericano, es riesgosa. Las vacilaciones de las propias mujeres que escribimos son, quizá, la prueba más elocuente de la dificultad de los tiempos. No es fácil negociar con un medio literario que carece, muchas veces, de oportunidades y se vuelve, por eso mismo, poco generoso y reacio a alentar las diferencias, incluyendo aquí, en primer lugar, las de género. Tampoco es fácil reivindicar, en el plano estrictamente literario, la especificidad de una mirada “femenina”, sin que ello redunde en un etiquetamiento (o desvalorizacion) de lo producido. La inseguridad, la desconfianza, el miedo a ver convertida la autoafirmación en una nueva forma de discriminación son tan comunes como los elogios que resbalan, como en el caso de Octavio Paz con Blanca Varela –citado por la autora– hacia una voluntad, muchas veces explícita, de distinguir, erradicar, contraponer, y hasta negar a la mujer que esta detrás del texto elogiado.

    Artículos como el de la revista Deriva evidencian que incluso los más temerosos posicionamientos de las mujeres pueden causar pavor y, de hecho, a menudo, concitan el ataque, la acusación falsa o, lo que es igual, la invalidación por “esencialistas” o “autoritarios”, sobre todo cuando plantean alguna reivindicación. Muchas veces, como en este caso, la cuestión se agrava porque las acusaciones ostentan un marcado anacronismo. Los debates, quiero decir, no se compadecen con la realidad sobre la que se imprimen sino que responden, con inocultable paranoia, a un cierto estado teórico (y práctico) de la cuestión, vigente en otras sociedades. En este contexto, el libro de Susana Reisz cumple una función política crucial: al concentrarse en la polémica textual para reorientar los modelos críticos patriarcales, vuelve a poner el acento en el poema –que siempre es una grieta en el discurso edificante o lapidario del dogmatismo– y propone fundar allí un territorio urgente, el espacio posible de un encuentro.

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      Fuente: amcnetworks

      Antes que se exhibiera en México la película «Larry Flynt, el nombre del escándalo», llegó la noticia que algunas feministas estadounidenses habían organizado un boicot contra ella. La curiosidad ante lo que despertaba la indignación de un grupo de luchadoras sociales aumentó el simple interés por ver una nueva realización de Milos Forman, autor de películas tan críticas y vigorosas como «Atrapados sin salida».

      Basada en la vida real, la película arranca mostrándonos un niño sumergido en la pobreza, quien años después –como tanta otra gente en Estados Unidos y el resto del mundo– no quiere otra cosa que hacer dinero. Establece, pues, un negocio. Se trata de un centro nocturno de quinta categoría, en el que algunas jóvenes se ganan la vida como stripteasers y sexoservidoras. El relativo éxito de la empresa inspira al protagonista la idea de sacarle más jugo vendiendo fotografías de las chicas. Así se inicia lo que habría de ser una próspera cadena de revistas pornográficas, pero también una historia de destrucción del propio Flynt y de la mujer –que es su modelo y amante– por parte de la misma sociedad que consume las publicaciones.

      En el centro del conflicto, un abogado en favor de los derechos civiles, defiende al agredido pornógrafo a pesar del disgusto que le producen sus revistas. Para decirlo claramente, no defiende, ni mucho menos ensalza, la labor de Flynt, sino su derecho a la libertad de expresión, y de paso también el derecho de mirar ese tipo de fotografías para quien desee mirarlas. La crítica fundamental de las feministas radica en que no se debe permitir que el héroe de una película sea un tipo que se enriquece gracias a la exposición de los cuerpos desnudos de las mujeres. Frente a esta argumentación hay varios aspectos que considerar.Primero, la película muestra al pornógrafo como un tipo que da lástima. El verdadero héroe es el abogado, quien –en esto la película es “clásicamente gringa”– logra un triunfo más de los derechos civiles en “el país de la libertad”. No sólo las jóvenes que trabajan en la empresa de Flynt, sino otras miles, se ganan el pan de cada día con la prostitución en sus diversas formas. Puede no gustarnos, puede parecernos un hecho derivado del sexismo y la miseria sexual, pero es real y no va a desaparecer por su mero silenciamiento. Por otra parte, las mujeres que aparecen en la película no son denigradas, al menos de manera directa. Nadie las obliga ni las maltrata. Nadie, excepto las fuerzas conservadoras que atacan su fuente de trabajo y que en algún momento balacean a Larry Flynt, dejándolo paralítico.

      La devastación en la que cae la coprotagonista es producto precisamente de la violencia con que la pornografía es atacada. Al ver a su amante inválido en peligro y el negocio que han levantado juntos, ella se somete a la droga y enferma de SIDA. Esto no significa que si el puritanismo no se hubiera interpuesto, su vida habría sido a todo dar. Pero habría sido una vida.No es un caso raro. Las mujeres hemos enfrentado incontables prohibiciones por parte de las buenas conciencias que, aparte de negarnos la libertad, en ocasiones atentan contra la existencia misma. Es el caso del aborto, por poner un ejemplo. Las feministas que se pronuncian por la censura de la pornografía actúan peligrosamente cerca de estas buenas conciencias aglutinadas en el ala derecha de nuestras sociedades. Puede que las ideas que hay detrás sean distintas: unas creen defender la dignidad de la mujer y otros desean imponer la decencia, pero en la práctica, ambos adjudican el derecho a decidir por toda la ciudadanía. Se comportan como tiranos.

      Larry Flynt, las muchachas que trabajan en la pornografía, los consumidores de pornografía, Milos Forman y los espectadores de la película Larry Flynt, el nombre del escándalo, todos, tenemos nuestro propio derecho de elegir qué deseamos hacer público y qué deseamos mirar ¿no es la defensa de esta libertad una premisa de la democracia? La cuestión, sin embargo, no es tan sencilla. ¿Toda expresión es permisible, incluyendo la que implica violencia sexista? En México hay una ley que prohibe la denigración pública de la imagen de la mujer. Sin embargo, en la televisión, la radio, los muros de la ciudad, pululan mensajes que, interpretados con riguroso feminismo, implican cierto grado de dicha violencia.

      Resulta evidente que la censura no ofrece solución ni a la injusticia, ni a la violencia. Al contrario, ella misma puede ser con gran facilidad violenta e injusta. La única salida parece estar en el diálogo, en el debate. Si alguna expresión pública nos disgusta, tenemos el derecho de argumentar por qué tal anuncio, libro o película nos parece una porquería. Podemos enviar cartas a los periódicos, repartir volantes, telefonear a la radio, plantarnos en una plaza con un magnavoz, o decirle a cada persona que va a entrar al cine lo que pensamos de la película que se ha dispuesto a ver. Si un grupo de mujeres logra desaparecer una película de la cartelera ¿no puede Pro Vida hacer lo mismo en relación a los mensajes de prevención del SIDA? Milos Forman nos llama a reflexionar.

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      Libro analiza  procesos y prácticas de socialización de las mujeres que se desempeñan como madres comunitarias en barrios populares

      Madres Comunitarias en Colombia
      Fuente: larazon.co

      ¿Cómo ha sido el proceso de socialización de las madres comunitarias, cómo han ido construyendo su identidad de mujeres? Esa es la pregunta que se hacen Juanita Barreto y Yolanda Puyana, dos profesoras de la Universidad Nacional de Colombia que acaban de publicar un libro con el resultado de sus investigaciones.

      A partir de un estudio demográfico y socioeconómico así como de historias de vida de mujeres que se desempeñan como madres comunitarias en barrios populares de Bogotá, las autoras emprenden una muy interesante reflexión. Se acercan a su vida cotidiana en todo su ciclo de vida, a su relación de pareja, a su actitud como madres, a sus vinculaciones sociolaborales y comunitarias. Analizan sus confesiones y recuerdos, sus silencios y olvidos.

      Aunque cada una de las historias de vida es particular, única, las autoras destacan las condiciones de existencia de las mujeres de este sector social marginal, la manera como construyen sus vidas, las de sus familias, barrios y comunidades. Los relatos de las mujeres van mostrando cómo, desde los primeros años y en una apenas insinuada infancia y adolescencia, la edad adulta fue muy pronto tomando forma entre la alegría y el dolor. Así se fue configurando su socialización para el sacrificio, el sufrimiento, el servicio, la maternidad.

      Estas mujeres se hicieron “madres comunitarias” desde 1988, cuando el gobierno nacional conformó los hogares de bienestar, como se los conoce desde entonces. En esa época, el departamento de Trabajo Social de la Universidad Nacional -del cual son profesoras las autoras del libro- desarrollaba un programa de apoyo a la comunidad dentro del cual se formuló la investigación. Desde allí se preguntaron sobre las representaciones sociales en relación a la socialización y crianza de los niños, qué se mantiene y qué se modifica en el curso de las vidas de estas mujeres, cuáles son los valores y prácticas que orientan el cuidado de la niñez.

      Las prácticas socializadoras de estas mujeres reproducen y al mismo tiempo transforman los papeles que cumplieron sus madres y padres, es la hipótesis que fueron construyendo y demostrando las investigadoras a través de su trabajo de recopilación y análisis de los testimonios. Lo que fueron descubriendo es que “los significados que confieren en la actualidad a la infancia, al ser niño o niña, a la autoridad, al juego, a la maternidad, a la crianza, al trabajo doméstico y a múltiples otras formas del trabajo femenino, están permeados por contradicciones y cambios. Algunas veces se entra en conflicto con los discursos ancestrales y se introducen prácticas para transformarlos en la acción. Otras veces la fuerza de las tradiciones se mantiene en el quehacer cotidiano“.

      El libro aporta además dos elementos centrales en su primer  y último capítulo. Por una parte, una revisión conceptual al complejo tema de la socialización y construcción de identidad en relación con las categorías de género y clase. Por otra, una ilustración metodológica sobre el proceso y alcance de las historias de vida en una investigación social cualitativa que pretende mostrar versiones alternativas de la historia social. En los cinco capítulos restantes presentan historias y análisis centrados en un momento clave del ciclo vital: la no existencia de adolescencia, la violencia en la infancia, la dinámica conflictiva de la relación de pareja, la función materna y socializadora, y la participación sociolaboral y comunitaria dentro y fuera del hogar.

      Aunque la revisión conceptual estimula el análisis de las historias de vida y les permite llegar a interesantes comprobaciones, las autoras prefieren -más que ahondar en conclusiones- proponer nuevas dimensiones en qué estudios de esta naturaleza podrían ser abocados. Sugieren entonces que se emprendan estudios similares pero con mujeres que desempeñan otras labores y pertenecen a otras clases sociales. Pero también quieren estimular estudios que muestren qué pasa con los hombres que tienen las mismas edades y provienen de los mismos contextos culturales.

      Les interesa, en fin, someter su trabajo a la crítica, compartirlo con personas que en sus espacios personales, profesionales u organizativos, puedan encontrar en el libro motivos de reflexión, y de manera especial, quieren devolverlo a las mujeres que al entregar retazos de sus vidas lo hicieron posible.